No sé por dónde empezar. No sé si tengo derecho a escribir esto, si tengo las palabras correctas o si hay siquiera algo que pueda hacer justicia a lo que siento. Porque lo que siento no es tristeza, no es dolor, no es vacío. Es rabia. Es la impotencia de un hombre que sabe que, por mucho que grite, no puede cambiar nada.
No conocí a Shiri. No conocí a sus hijos. Pero desde el momento en que vi su rostro, esa imagen quedó grabada en mi mente. No fue solo el horror, no fue solo el secuestro, no fue solo la injusticia. Fue la devastación absoluta, la prueba irrefutable de lo que es el mal en su estado más puro.
Hamas asesinó a una madre y a sus dos hijos pequeños. No en medio de un enfrentamiento, no por error, no en un acto que pueda justificarse de ninguna manera. Los arrancaron de su hogar, los usaron como piezas de negociación y, cuando dejaron de servirles, los mataron. Así, sin más. Sin piedad. Sin humanidad.
Nos dijeron que esperaramos. Que quizás estaban vivos. Que no nos adelantáramos a las conclusiones. Que había esperanzas. Como si la realidad no se nos estuviera gritando en la cara. Como si no supiéramos exactamente con qué clase de monstruos estamos tratando.
Shiri, sostuviste a tus hijos con todas tus fuerzas, como cualquier madre lo haría. Pero no hay brazos que puedan proteger a un niño cuando el mundo ha decidido abandonarlos. No hay gritos que puedan romper el silencio de la indiferencia.
Me pregunto, y no dejo de preguntarme, ¿cuánto sufrieron? ¿Cuánto miedo sintieron? ¿Cuánto tiempo pasaron esperando un rescate que nunca llegó? ¿Pudiste consolar a Ariel cuando te preguntaba por qué no volvían a casa? ¿Pudiste calmar el llanto de Kfir cuando su pequeño cuerpo temblaba de frío? ¿Hubo alguien, al menos una persona, que tuvo un momento de compasión?
Yarden ha vuelto. Pero no regresó a casa. Regresó a una realidad en la que su esposa y sus hijos ya no están. En la que el silencio de su hogar es más ensordecedor que cualquier grito. En la que tiene que seguir respirando, aunque cada aliento sea una puñalada más en el alma.
Nos hablarán de luz, de memoria, de legado. Pero ¿de qué sirve todo eso cuando lo que realmente queríamos era que siguieran aquí? Que Kfir aprendiera a caminar, que Ariel tuviera la oportunidad de crecer, que Shiri pudiera seguir siendo madre. Que el mal no ganara.
Hoy, el mundo sigue girando, la gente sigue con sus vidas, y el horror se convierte en una estadística más. Pero algunos de nosotros no podemos callar. No podemos dejar que esto se normalice. No podemos aceptar que el asesinato de una madre y sus bebés sea solo una noticia más que se desvanece con el tiempo.
No hay justicia suficiente. No hay castigo suficiente. Solo queda la rabia, el dolor y la certeza de que esto jamás debería haber pasado. Y la promesa, aunque sea inútil, de no olvidar. De no dejar que sus nombres se pierdan en el ruido.
